martes, 8 de julio de 2008

Mares interiores

Decir que lo mejor del mundo es lo que se tiene en casa y denostar el resto es ser un pelín paleto y tener cortas las miras, a mi entender. Sin embargo, es constructivo para el alma y es lícito universalmente el destacar lo bueno que se tiene en casa. Hacer de ello un apunte en nuestra rutina cosmopolita nos hace volar con las ilusiones que despiertan los viajes. Esos viajes que llamaba Jamiroquai, travelling without moving.

En los cuadros de Velazquez se vislumbran unos cielos madrileños tremendamente amplios y acogedores. Cielos que siempre encuentro en las ciudades que no tienen mar como Berlín, París o Roma. En estos sitios, la gente tiene la misma necesidad de volcar sus ilusiones en el paisaje como le ocurre a los habitantes de los lugares costeros. El cielo no es un paisaje inmune a lo que desde abajo le impregna el aire de los que lo insuflan. Se mantiene en vivo sólo por esos humildes seres que lo respiran. Pienso que el cielo de Madrid es el mar que nos rodea y a donde tantos vecinos vuelcan en los atardeceres y en las madrugadas las ilusiones robadas, las ausencias y también, como no, los grandes sueños y los planes por llegar, los seres que comparten con algunos sus sueños sin su cuerpo, los echares de menos, los posibles y futuribles, los propósitos de gran calado y a los ángeles que nos ayudan a soñar y a vivir con sueño.

En esta ciudad en verano hace un calor pesado en los ratos de ocio y las piscinas municipales son discotecas acuáticas de moda con todo tipo de especies. Un mundo demasiado social a mi entender. Estoy descubriendo cada verano lo impresionante que puede ser hacer una excursión a los mares interiores que nos rodean.

Nadar en agua dulce, saltando de una costa llena de arbustos de hermosa fragancia y afilada piedra es una sensación totalmente caribeña con un mesetario-style. El agua no tiene fondo o se prefiere ignorar porque todo el mundo desconoce lo que oculta y es demasiado complejo para investigarlo. El misterio de las profundidades del pantano siempre llama a no permanecer mucho tiempo en remojo. La gente se aparta poco de la orilla. La sensación de refresco es inigualable y si uno se lleva vino y queso y demás surtido, puede resultar el día propio de quien se olvida humano.

Una única pega le pongo a toda esta propuesta celeste: el atasco de vuelta. Pero hombre, no íbamos a olvidarnos de que venimos de la ciudad. De sus humos oscuros y de la obligación de hacernos un mundo propio capaz de soportar estas ligeras tensiones tediosas como la del embotellamiento. Que sea sólo para disfrutar el día.


2 comentarios:

Viernes dijo...

Querido Juambo,
deja de hacernos pensar que eres un ser romántico y que descubvre mundos interiores... TU LO QUE TIENES ES UNAS GANAS DE VACACIONES QUE LO FLIPAS!! ja ja... empiezas con el cielo de Madrid y al ratito ya estás en el pantano! ja ja ja...
Saludos chopiteros!

Juambo dijo...

y que lo digas, don fridays. estoy con ganas locas de mirar al mar de verdad y dejar los interiores para épocas más frías. ahora los sentidos mandan!!

un abrazo sacudasemista